Ni playa, ni turismo: la última moda para las vacaciones es la meditación

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Ni playa, ni turismo: la última moda para las vacaciones es la meditación

Ni playa, ni turismo: la última moda para las vacaciones es la meditación

Ayunos, saludos al sol, semanas de silencio… La meditación es la pujante alternativa vacacional de la sociedad sobreestimulada.

“Algo de marketing habrá, pero también necesidad”, dice un psicólogo sobre el boom que aúna espiritualidad y postureo.

Alberto G. Palomo
@albertogpalomo

Decenas de personas interactúan en el jardín de alhama,un centro de meditación o asrham -tomando el nombre hindú- situado en la localidad homónima del interior de Murcia. Rodeado de campos de cultivo, con aspecto de chalet de sierra madrileña y una piscina perfectamente acondicionada para verano, sus habitantes se levantan a las seis de la mañana, saludan al sol con una buena postura de flor de loto y caminan a la consagración general. El templo es un edificio circular con una cruz en un altar. Velas, rostros de Cristo, algún buda.

Retumba un secula, seculorum, ¡um! entre feligreses vestidos de clónico blanco. La misa pagana incluye versículos del Corán, salmos bíblicos y mantras tibetanos. Un gurú guía la ceremonia, que sólo implica algún cambio de postura de los aposentados sobre esterillas. El incienso perfuma el ambiente, dándole un toque de altar vetusto. «Es un ritual místico, ecléctico, que mezcla todas las religiones», aclara Chema Galiana, varón de 58 años, mientras echa un ojo a su mujer, que sigue en trance.

Liberar chacras ya no suena a rito zulú sino a un bienestar que se anuncia en bajos suburbiales. Palabras nuevas como karma, mindfulness o mandala afloran en conversaciones que antes no pasaban de las onomatopeyas. El mundo sobreestimulado que habitamos ha empezado a hacerse acopio de conceptos orientales, de filosofías que abogan por el parón. Buscamos el silencio donde antes buscábamos el desparrame: unas vacaciones en centros como el Jardín de Alhama sirven para desconectar y nos sentamos frente a la pared para unir el aquí y el ahora.

¿Cuándo se hundió el hedonismo despreocupado? ¿Desde cuándo quiso nuestro cuerpo armonizarse con nuestra mente? La sociedad excitada, parece, engendra monstruos del sosiego. No hace falta irse a Rishikesh, donde se refugiaron los Beatles para extraer las enseñanzas del maestro Maharishi, con la intención de meditar o hacer yoga. No hace falta deambular por la India para convertirse en asceta o alcanzar el nirvana. España ofrece lugares donde practicar estas disciplinas, donde comprometerse a no decir ni una palabra en semanas y donde poner en ebullición esos pensamientos nocivos. Así se evaporan y liberan los chacras que no has podido desbloquear en el local del barrio.

«Nos juntamos unas 70 u 80 personas una vez al mes y realizamos ayunos, meditaciones de silencio, fines de semana de alimentación saludable…», explica Chema Galiana sobre el centro, perteneciente a la Red Cultural para la Fraternidad Humana. ¿Algún requisito? Ninguno, más que el respeto, las ganas de estar en armonía y un donativo de 40 euros por acomodamiento y comida.

Ni siquiera la ropa, que a priori parece una imposición, lo es: «No hace falta venir de blanco. Se hace por integrarte en el ambiente, pero la clave es estar cómodo», suelta con una sonrisa quien reconoce que emplear estos ratos de desarrollo interior le han servido para tener una vida «serena y controlada». «Antes, por ejemplo, me desesperaba en la cola del supermercado. Ahora, pienso: ¿qué más da, si por mucho que me cabree no voy a ir más rápido?, y disfruto el momento». Otra risa.

“Hay un elemento narcisista: Subimos fotos para dar la imagen de que nos preocupamos por nuestra salud”

Su actitud responde a lo que buscan aquellos que se arriman a estas actividades, con cada vez más devotos. La serenidad ante el desvelo. La paz contra los conflictos mentales. Luis Antón, del Instituto de Psicoterapias Avanzadas, les achaca beneficios como una mayor concentración, un mayor control de las pulsaciones y una resistencia superior a posibles traumas venideros. «Las virtudes son infinitas», exclama.

La ansiedad y la depresión, grandes pandemias de nuestro siglo (la OMS ha avisado de que en 2030 estas dolencias encabezarán la lista de enfermedades mentales), suelen ser el inicio de este místico peregrinaje. También el estrés, instalado de forma crónica en algunos pacientes y que, según una encuesta de la OCU en 2005, proviene en el 66% de los casos del ámbito laboral.

Caldo de cultivo excepcional para estas disciplinas, que ayudan a mantener el centro vital, organizar ideas y expulsar esas radiaciones nocivas de un entorno volátil y fugaz. La dificultad de establecer cifras sobre usuarios o de comprobar el cambio interior efectuado por meditadores no eclipsa el boom de locales donde se ejercen estas enseñanzas. Basta con poner alguna de las palabras comodín en internet -yoga, meditación o desarrollo personal- y aparecen miles de enlaces a espacios de todas las provincias. Asentamientos budistas, estancias en monasterios o hasta comunidades espirituales con ofrendas al sol. Todas con precios que oscilan desde la aportación simbólica hasta los 360 euros por cuatro días. Eso sin contar escuelas o clases particulares. La plataforma Aomm.tv presentó un informe en 2014 en el que calculaba que un 12,03% de quienes tienen entre 18 y 65 años practicaba yoga a menudo.

El debate ahora está en si la explosión no va a acabar banalizando la práctica. En si la meditación no será el nuevo zumba. «Dependerá todo de la intención con la que lo hagas», apunta Antón, «habrá algo de marketing, pero también de necesidad». «Es cierto que ha crecido mucho, porque vivimos una época en la que buscamos soluciones rápidas a nuestros problemas, y esto no se consigue de un día para otro, así que habrá una criba. Es cíclico», concede Elia Camacho, de 37 años, desde Barcelona. Su escuela, Acem, nacida en Noruega en 1966, ve estos ejercicios como una forma de «resetear» la mente, de gozar por unos minutos de «unas vacaciones diarias».

Para el sociólogo Santiago Alba Rico, sin embargo, la búsqueda de esa unión entre cuerpo y mente es un producto del capitalismo. Un sistema que, a su juicio, ha alimentado una maquinaria de necesidades externas que choca con nuestros deseos verdaderamente humanos. Y, además, ha canibalizado cualquier intento de desahogo, convirtiéndolo en producto de consumo. «Este fenómeno forma parte, en realidad, de un combate místico contra el cuerpo», puntualiza. «Importamos prácticas populares de países más pobres y más violentos y los convertimos en una forma de protesta individual contra el estrés consumista capitalista».

Impaciencia. ¿Tememos el silencio? «Más que ninguna otra cosa», replica el pensador, que acaba de publicar el ensayo Ser o no ser (un cuerpo). «El capitalismo prohíbe básicamente dos cosas: el regalo y el aburrimiento. El aburrimiento es básicamente silencio. Y el silencio está lleno de palabras. Tememos, por tanto, las palabras que escuchamos cuando se impone el silencio. Porque esas palabras podrían poner en cuestión el sistema entero».

Teorías aparte, sobre la meditación se ciernen dos peligros: la merma de calidad y que su promesa de mejora no se cumpla. La frustración entonces suele ser mayor. «Requiere entrenamiento. Es muy exigente. Tienes que ejercitar 45 minutos al día durante un mínimo de ocho semanas. Y hay que emprenderlo con motivación y prepararte con un instructor acreditado», cuenta Andrés Martín, doctor en Psicología y decano del mindfulness a sus 53 años. «Somos adictos a estar conectados y agradecemos recuperar la concentración y la tranquilidad, pero lo queremos todo al momento, y las cosas llevan su tiempo».

Esa impaciencia se podría inferir poniendo el ejemplo de Headspace, aplicación destinada a ejercitar esta consciencia del momento presente en sólo 10 minutos que ya supera los 400.000 suscriptores y está valorada por la revista Forbes en 223.500 millones de euros.

A ello se añade que cada resultado es tan único como individual. Hace unas semanas, un estudio de Plus.org concluía que, en un muestrario de 173 personas, algunos usuarios registraron -en distinta medida- algunos episodios de hipensensibilidad a la luz y el sonido, náuseas, espasmos y alucinaciones. Algo que no le extraña a María José Castillo. Valenciana de 45 años, llegó al desarrollo personal tras varias sesiones de psicoterapia. Una ruptura la sentó en el diván y, más tarde, en la esterilla. Habitual de fines de semana de desconexión, aconseja saber bien a quién recurrir y disecciona el mundillo con cierta retranca: «Hay gurús que han abandonado la ciudad para montarse su chiringuito en el monte y te cuentan la fórmula de la felicidad, cuando en realidad esto no es la panacea. A veces se vende cómo llegar a la esencia de tu ser y el fin de tus problemas, pero no otorga una salvación». Y añade: «En algunas ocasiones esconde un componente narcisista: colgamos fotos para proyectar una imagen de preocupación por nuestro bienestar más por moda y para cosechar comentarios positivos que porque creamos en ello».

«Es alucinante la cantidad de gente que empieza a encontrar métodos para comprenderse a sí mismo y a los demás», añade Chema Galiana en el templo murciano, donde remarca la necesidad de distinguir entre emoción, sensación e idea como fusible básico de un cambio sublime.

«Tenía problemas de salud y ahora se me han ido», confiesa Elia de los Ángeles, de 46 años, junto a su hija Faviola, de 22, a la que introdujo en este modo de vida. «Con una buena respiración es posible concentrarse, aprender más cosas, oxigenar el cerebro y recordar mejor. Debería estar en todos los planes de estudio», justifica. En algunos centros educativos de EEUU o Francia, de hecho, ya ha entrado en el currículo.

Armando Navarro Gutiérrez, el líder que conduce el rezo en el Jardín de Alhama, sugiere que la acción de meditar proporciona «una transformación total a nivel físico, mental y espiritual». «Se realice como se realice (en posturas de yoga, en mindfulness o en un culto) consiste en relajarse y concentrarse», expone este mexicano de 65 años ataviado con una túnica y abalorios en cuello y muñecas. «La persona se siente más equilibrada y poderosa. Es una tendencia imparable que va a cultivar la sabiduría en el mundo».

Origen: ELMUNDO